domingo, 1 de agosto de 2010

Soledad.

Un dolor punzante, proveniente de lo más profundo de mi alma, recorría cada céntimetro de mi débil piel convirtiéndome en un ser demasiado solitario como para ser parte de la tan desquiciada sociedad.




He de confesar que ese oscuro pasado me atormenta durante la noche, dándome a saber el cruel destino que está acechando a mi vida. No puedo huir de él, ya que ha provocado heridas tan profundas que ha dejado cicatrices: el temor a la sociedad. Soy un ser extraño, he de admitir.

El espejo reflejaba una imagen devastadora, cruel e incluso aterradora. Mis destellos castaños se encontraban fuera de orbita y mi mirada era tan profunda que daba a conocer el reflejo de mi alma. Me atrevo a decir que ni siquiera mi vestimenta era la apropiada para pertenecer a la humanidad. Ese perfil de mi no ayudaba a combatir la depresión que padecía, hasta lograba abrumarme.

Dada la circunstancia, intenté vencer el miedo y salí a las calles eternas. Logré notar que la luna no lograba alumbrar ningún sector y de hecho esa oscuridad no cooperaba demasiado.

Algo llamó mi atención. Miré a mi costado y ví que realmente no estaba sola.

Sonará demasiado singular a lo que a mi respecta, pero hoy decidí matar la soledad y me refugié en el amor... sin importar que eso pudiera lastimar a mi frágil corazón.

1 comentario:

  1. Y sin embargo la soledad a veces es buena consejera... Vale un saludo desde México.

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