miércoles, 15 de junio de 2011

Morir amando.

Este es una historia que remodelé de otra que ya había hecho antes, y esta me gustó mas :) Gracias por leer! 


Una mañana oscura, de esas que suceden en invierno,  Katherine, su ama, depositaba flores bajo el brazo de Annette Gallaher, que yacía muerta desde hacía días atrás. 
En el momento en que su alma se había reducido a un cuerpo sin vida, el ama, quedó impune ante una risa cargada de dolor. Tantos años había servido, que este acontecimiento, para nada menor,  sería motivo suficiente para pensar que su señora había renunciado a ella.
Apenas  meditó sobre lo ocurrido supo que había sufrido demasiado segundos antes de morir y se apenó sobremanera. Como consuelo recordó una frase de Oscar Wilde que decía: "Aquel que vive más de una vida, tiene que sufrir más de una muerte" y se dijo a sí misma que aquello había sido.
Era tal la nostalgia que sentía que llegó a creer que el amor jugaba entre las sombras, produciendo siniestras caricias a su corazón para luego arrastrarla hacia el abismo, de manera tal que pudiera alimentarse con su alma. Pero ella en el fondo sabía que Annette no le haría tal cosa, que simplemente el destino se la había llevado.
-Iré enseguida. Debe usted ser capaz de esperarme, he de prometer que no será demasiado el tiempo que usted espere.- Dijo en una ocasión Katherine, resignada por lo que iría a pasar.
La señorita Gallaher se vio obligada a aceptarlo y bajó, sin cuidado alguno, las escaleras que la llevarían al comedor. Allí se encontraba Orter, alguien que ella desconocía, pero que sin embargo el compromiso les llamaba a los dos.
-Ortner Mayerhofer.- Pronunció, estirando la mano de manera educada.
-Annette Gallaher.- Dijo mientras su mano derecha era rozada por los labios de su nuevo amor.
Al escuchar su nombre, Anne no se emocionó. Su sonrisa sólo había sido provocada por la comicidad del nombre de Ortner. Siquiera quería conocer a aquél ser que ansioso estaba ante la belleza de su futura mujer.
Pasos se escucharon, su ama por fin había bajado. Miradas y más miradas, las que eran provocadas por una situación completamente incómoda.
-Ortner Mayerhofer.- Dijo, pero esta vez sólo por ser cortés.
-Ella es mi ama, Katherine. Años me ha servido y años más me servirá.- Tuvo que decir, dejando en claro que un matrimonio no la distanciaría de su sierva.
El sonido de la puerta retumbó en sus oídos, motivo por el cuál nadie pudo contestar. Un señor elegante y de mirada sagaz, entró de la mano de una mujer que cargaba belleza en su piel. Ésta, era tan adulta como el hombre, pero a pesar de sus signos de vejez, no había perdido aquella sonrisa juvenil con la que solía presumir hacía una década atrás.
-¡Qué presa ha capturado tu padre para ti, Annette querida!- Dijo Adeline, la bella mujer que parecía ser su madre, dado el parecido entre ambas.
-Tonterías dices, mujer. Este hombre no es una presa, es un caballero. Y es lo que he querido siempre para ti. Ha venido a pedirme tu mano y esto es lo que aceptarás.
- He de saberlo, padre.- Pero en su mente rondaban pensamientos agresivos hacia él.
Para Katherine todo era un eco de palabras, no era capaz de comprender ninguna cosa de lo que decían sus acompañantes. Creyó inclusive sentirse mareada, pero en vano era decirlo en voz alta. Miró a Annette y quiso rescatarla de su tristeza, pero nada podría hacer ante el impedimento por ser mujer.
-¡Qué inservible mujer que tienes como ama! Ni un té nos ha invitado.
-Pero es simplemente la mujer que amo, y ésta se encuentra enferma. Lamento comunicar que deberán pedírselo a otro de mis empleados.- Murmuró Annette.
Todos parecieron hacer caso omiso a lo que la señorita Gallaher  había pronunciado, excepto Katherine… que la miraba con ternura. Nada le hacía más agraciada que escuchar por primera vez el sonido de la voz temblorosa de su señora diciendo que le amaba.
-Te amaré, Annette. Prometo hacerlo. Por esta razón, quisiera tomar tu mano y hacerte mi esposa.
Nada le molestaba más a ambas que escuchar a ese caballero que tan poco sentía por una de ellas. Gallaher se rió nerviosa, y se cargó de valor.
-He dicho que la Señorita Katherine es la persona que amo, y no me casaré hasta que el amor cese.
El ama al recordar esto esbozó una sonrisa. Su mente divagó hasta ese recuerdo profundo, donde por última vez la amó, donde pudo sellar su amor con un beso, donde pudo creer que el destino votaría por ellas.
Pero también recordó ese último suspiro, donde las manos gigantes del señor Gallaher aplastaban el cuello de su hija, donde lágrimas caían, donde sufrimiento se veía.